Caminar el bosque en pleno invierno es como atravesar un pasillo de respiraciones contenidas. El camino se estrecha entre troncos húmedos, raíces que asoman del barro y piedras cubiertas de musgo espeso. La luz entra baja, casi horizontal, dibujando líneas frías sobre la corteza y dejando en penumbra todo lo que queda unos pasos más allá. El rumor del río se escucha a lo lejos, pero aquí arriba solo suena el crujido suave de las hojas secas y algún pájaro que decide cambiar de rama. Es un invierno silencioso, pero lleno de señales si uno mira de cerca.
En estos días fríos el bosque parece quieto, pero todo está en marcha. Bajo la corteza se mueven savias lentas, invisibles desde el sendero. Las huellas diminutas que cruzan el barro delatan caminos nocturnos de zorros, corzos y pequeñas aves terrestres. El agua que baja por las laderas lo conecta todo: raíces, piedra, hojas, hongos. Mientras avanzamos, tomamos notas, grabamos algunos sonidos y dejamos que el paseo marque su propio ritmo. Sucamiño también es esto: aprender a leer los detalles para poder cuidar mejor el conjunto del valle.
Al terminar el recorrido, el frío en las manos contrasta con la sensación de haber estado acompañados todo el tiempo. El bosque de invierno no busca llamar la atención: confía en quien se detiene a mirar despacio. Cada detalle que registramos hoy nos ayudará a decidir mañana cómo restaurar, qué proteger y en qué lugares conviene sencillamente no hacer nada. En Sucamiño, el invierno es también una forma de escucha: dejamos que el valle hable primero para después poder responderle con cuidado.





